Al estilo de Pablo Chiappori

Texto: Biblioteca Revista D&D diseño y decoración en Argentina

paul-la-barra1Primer boceto
Diseñador, decorador, entrepreneur gastronómico, bon vivant, coleccionista, cool hunter y doctor honoris causa en marketing. Todo eso es, todo eso sabe hacer. Pero si hubiera que quedarse con una única definición, tipo para tarjetita de presentación (que no necesita), sería probable que él mismo dijera de sí: Pablo Chiappori, vendedor de climas.

“Hace unos años decía que vendía magia. Ahora estoy más humilde y digo que vendo climas”. Un estilo muy personal, olfato especialmente dotado, apertura mental, alta capacidad de observación y evidente facilidad para interpretar las necesidades de personas y mercados han sido las dotes del vendedor de tan singular producto. Sin duda también el método de trabajo, enfocado en qué tiene que sentir alguien cuando entra a determinado lugar, fue determinante del éxito logrado.

El camino fue sinuoso. Si pensamos en los verdaderos inicios, en el momento en que el diseño de la propia vida empieza a ser tema, entre Chiappori y su entorno la relación no venía fluida. Por naturaleza, por temperamento, por salvaje pulsión, Pablo necesitaba contradecir; desafiar; e imponerse. Y, el detalle no es menor, hizo su secundaria en el Liceo Militar. “Me vestía raro, abajo del uniforme usaba collares de mostacillas. Vivía en condicional con preventiva de baja y me decían que era el germen nocivo de la institución”. Un martirio, un suplicio humano que, como es esperable, le dejó el cuerpo y el alma agotados para encarar la etapa siguiente.

Así, cuando el “germen” llegó a la convulsionada universidad de los ´70 y se encontró diciendo permiso Señor entre pancartas para encontrar el camino hacia su aula, sufrió un shock que, si no terminó con su vocación por el espacio, sí lo hizo desistir de hacerse de un diploma de arquitecto. El esfuerzo duró un año. De día trabajaba y a la noche se internaba en esa facultad que, tal como él la percibía, estaba lejos de ofrecerle lo que necesitaba. “En el curso de ingreso había una materia que se llamaba Elementos de Diseño. Cuando llegó la entrega, el pibe me dijo, mirá, lo que hiciste no tiene nada que ver con lo que pedimos (un proyecto de vivienda unifamiliar para erradicar una villa, y yo hice una casa blanca en cuatro niveles, todo medio redondeado), pero está tan buena la presentación, que tenés un 10.”

Presumiblemente de haber persistido no hubiera sido el primero en hacer una carrera brillante a pesar de transgredir las consignas o justamente por violarlas, quién sabe. Pero el reconocimiento de aquel profesor no bastó y Chiappori se propuso suplantar con experiencia el estudio. Con diecinueve años y una creatividad desbordante, hizo su primer trabajo como decorador.

Fue el dormitorio del hijo de conocidos de sus padres, un adolescente apenas un año más chico que él, al que siguió el de su hermana, después todo el departamento, el cuarto del mejor amigo del chico y luego toda esa casa -la de Buenos Aires y otra de verano-. Una seguidilla que nunca más se detuvo y de la que Pablo salió con credenciales profesionales. “Mi mandato era ser un profesional y lo cumplí; con otros tiempos, otras exigencias y por otro camino, pero lo cumplí.”

Especialidad de la casa
Ya totalmente enlistado entre los decoradores en boga, Chiappori se orientó hacia el universo de la indumentaria. En esos tiempos un exaltado consumo palermitano saciaba sus instintos en el recién abierto Paseo Alcorta. Casas de ropa joven como Via Vai o Diesel cantaban desde sus carteles gigantes los colores que vestirían a casi todas en la siguiente temporada y daban cátedra sobre cómo generar deseo. Protagonista invisible del éxito de ésas y muchas otras marcas, Pablo les diseñaba la imagen y los locales.

Pronto en el ambiente comenzó a respirarse una onda back to basic que definitivamente no encajaba con lo mejor que él tenía para dar. “Todos querían volver al básico, al todo blanco”. El globo se empezó a desinflar, hasta que finalmente se pinchó cuando de un día para el otro el auge de la industria tornó en debacle. Justo a tiempo, Chiappori había modificado el rumbo y ya su irreverente, lúdica imaginación, se había puesto al servicio de otro mercado: el de la gastronomía.

“Me acuerdo que lo primero que hice fue un barcito que se llamaba Soul Café en Punta del Este. Ahí vi que podía empezar a jugar con otro tipo de cosas más locas.” Matador, un espacio hiperbarroco en una edición de Casa Foa, ofició de presentación en sociedad de la nueva especialidad. A partir de entonces, el vértigo: Katrine, Tago Mago, La Diosa, el Mango Bar, Asia de Cuba, Chandon Bar y varios restaurants más aquí, en Uruguay, ahora también en España y en Miami. Una verdadera inmersión en el rubro de la cocina gourmet que lo ha convertido en algo que lo llena de orgullo: un experto.

“La sensación de hacer cosas públicas es muy distinta a la de hacer casas particulares. A mí me gusta el aplauso, la verdad es uno de los grandes estímulos de lo que hago. Cuando uno trabaja en algo público la respuesta es inmediata. Si hacés una casa te pasás seis meses, te cansás de la gente y ellos de vos, la entregás, a lo mejor se hace una comida y bueno sí, qué lindo quedó; te lo dicen siete veces, diez veces, quizá quince, ¡pero ni siquiera hacen una fiesta de inauguración, donde te inviten y todos los invitados te aplaudan!

Narcisismo más humor, una combinación genial que no solo reflejan estas palabras, sino cada uno de sus creaciones. En la misma tónica, Pablo asegura que el estreno de una obra abierta a la calle se vive de otra manera, con otra adrenalina, y, claro, otro caudal de aprobación. “Este trabajo está muy centrado en el yo. No sé si todos lo admiten, pero el común denominador es ése”.

Mensaje cifrado en algo más que una botella
“No siempre el diseño tiene que ver con la estética. Lo que se busca cuando uno trabaja con un espacio público es que el mensaje esté cerrado: el lugar tiene que vender lo que quiere ser”. No fueron la Sociología ni el Marketing ni ninguna de las diversas teorías de la comunicación las que le aportaron semejante lección. Su propia vida, más noctámbula que diurna durante mucho tiempo, y la máquina de observar y procesar información que parece tener en la cabeza, le dieron el know-how de cómo superar las expectativas de la movida vernácula: “Sé cómo tiene que funcionar”. No vacila al decirlo.

“Al revés de muchos arquitectos, diseño desde adentro y no desde afuera. Pienso en lo que tiene que sentir el que entra, o en lo que va a ver alguien al estar sentado en determinado sillón. Diseño desde el sentimiento. Hago cosas muy distintas y sin embargo la gente logra identificarlas, porque en todas hay algo contenedor, aun en dimensiones enormes … esa es una característica mía.”

Tanta dedicación a lo gastronómico despertó ganas de jugar de local. “Me fui involucrando en el placer de la cocina: la mesa y los sabores me seducen y me gustaba poder transmitir eso en un lugar propio. Entonces generé producto de bazar para abrir el restaurant”. Ese fue el origen de la sucursal de La Corte, que ya existía sobre la calle Honduras como negocio de diseño y sede del Estudio Chiappori. Con este segundo paso Pablo inauguró el concepto de poder adquirir lo que se utiliza en la mesa, entre otras cosas. “Comercialmente es muy relativo que la gente compre cuando va a comer, pero hace al espíritu del lugar”.

“Ahí quise generar un clásico, que es lo más difícil, porque hay boliches bien de pico alto, muy fashion, pero con una exigencia de vanguardia tal, que se queman con el tiempo”. Ser dueño de una especie de living ampliado, por otra parte, se ajustó con precisión a su nuevo y aquietado estilo de vida, ya casado y padre (de Mía, de casi un año).

El coleccionista
Pero el perfil de este rey de dos cortes no quedaría delineado si no se tocara su costado de coleccionista o, como le gusta decir a él, colector : “Asocio coleccionista con lo que tiene valor, y yo colecciono cualquier cosa”. Coronas (tiene una tatuada a modo de anillo), columnas de madera, mapamundis, valijas, cajas de sombreros, molinillos de café, palos de amasar, veleros, ahora también juguetes antiguos… La lista es caótica, ilógica, eterna; como son las colecciones, que se sostienen en la pretensión de una finitud que nunca llega, porque siempre hay un elemento más que se desea incorporar y que, por algún motivo escurridizo, resulta inaccesible.

Dispuestos con gracia y equilibrio en el estudio (hoy escenario de sus trabajos de decoración y de su vuelta al mundo de las marcas de ropa, con cuatro o cinco booms comerciales en danza) estos objetos rodean, casi abrazan, el escritorio y su trono. Cuando, transcurrido un buen tiempo desde la posesión, Chiappori logra, en un esfuerzo de desapego casi doloroso, desprenderse de ellos, los utiliza en sus ambientaciones.

El que aprecia los objetos -y ningún espíritu los valora más que el coleccionista- sabe leer en sus marcas y colores gastados los relatos que estas huellas superponen. “Hay casas donde la gente no tiene historia. Entonces se la invento, se la trato de generar a través de estas piezas. Porque si no viajaste y no te trajiste cosas, igual podés llegar a ese clima que tienen los objetos vividos”, dirá el diseñador.

Cuando el filósofo Benjamin teoriza que “el coleccionista es el verdadero ocupante del interior”, ¿no está describiendo esta misma idea? Es poco verosímil que Pablo conozca la cita. No la necesita. Su intuición y sensibilidad estética en sobredosis han sabido captar la lección. Ya lo ha dicho el colector, ocupante de interiores diplomado con honores: el sabe como funciona.


Pablo Chiappori Estudio  /  Pablo Chiappori Gallery

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